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Georges-Frédéric Roskopf
por Manolo Ramón ©

"Cómo proporcionar al obrero un reloj a bajo precio que le permitiese llegar al taller a la hora. Tal era el problema. Fue resuelto por un fabricante de relojería, el señor Roskopf, de la Chaux-de-Fonds, cantón de Neuchâtel en Suiza, que ha tenido un éxito completo desde el punto de vista de la calidad y el precio. Señores, el Comité, apreciando el servicio así prestado a las clases trabajadoras, tiene el honor de proponer que se den las gracias al señor Roskopf por su reloj del pobre y de concederle una medalla de plata".

De esta suerte fue galardonado G. F. Roskopf en la Exposición Universal de Paris de 1867 por su “reloj del pobre”, como lo llamó Constan-Louis Breguet, al que pertenecen las palabras que anteceden; contaba entonces 54 años y veía así recompensada su idea de proveer a las clases trabajadoras de buenos relojes a un precio asequible, por eso bautizó a su reloj como “El Proletario”.

Lo que hizo Roskopf fue simplificar al máximo posible el reloj mecánico, dejándolo en 57 piezas, frente a las 160 de los relojes de la época, sin menoscabo de la calidad e incluso incorporando invenciones recientes, como el sistema de remontaje desde el “pendant”, patentado en 1845 por el eminente relojero Adrien Philippe (de la casa Patek-Philippe) y que acababa de entrar en el dominio público; o el de brida en el barrilete, patentado en 1863 por el mismo relojero, que evitaba la sobre-tensión del muelle real, y las fracturas consecuentes, dispositivo que llevan hoy los relojes automáticos, y por el que Roskopf pagó royalties a Adrien Philippe, a razón de 25 céntimos por ejemplar, con el que se sabe que Roskopf cruzó varias cartas y mantuvo una entrevista en 1864 en la Chaux-de-Fonds.

Reloj que perteneció al banquero Rieckel de La Chaux-de-Fonds, regalo de G-F- Roskopf. Parece que fue el primero que construyó. Museo de Relojería La Chaux-de-Fonds. Nótese la pestaña para abrir la tapa del cristal y la prolongación de la aguja minutera, para facilitar la puesta en hora del reloj, que en los primeros ejemplares se hacía a mano, actuándose directamente sobre esa aguja, sistema que sustituiría en 1870 por el “característico” de puesta en hora desde el “pendant”, con ayuda de un pulsador. La esfera es de esmalte, como era usual en la época, contra una primera idea de hacerla en cartón, que se rechazó por temor a que los productos químicos entonces empleados en la fabricación de cartones dañasen el movimiento.

En realidad y pese al nombre “reloj obrero”, “reloj del pobre”, los primeros Roskopf no fueron tan asequibles: 20 francos suizos, que podrían equivaler a 120 € de ahora; pero revolucionaron la industria relojera suiza por su facilidad de construcción, abriendo paso a la fabricación masiva de movimientos mecánicos; de ahí el paralelismo que suele establecerse entre Roskopf y Henry Ford. Baste decir que 1960 llegaron a fabricarse dieciséis millones de ejemplares basados en su sistema, nada parecido en la historia de la relojería hasta la llegada del cuarzo y del fenómeno Swatch, iniciado en los años 80 del pasado siglo.

Georges-Frédéric Roskopf había nacido en 1813 en Niederweiler, pueblo de la Selva Negra alemana; en 1829, a los 16 años llegó como emigrante a La Chaux-de-Fonds, colocándose como auxiliar de comercio en la ferretería y almacén de fornituras de Mairet & Sandoz. Cuatro años después dejó el comercio y entró como aprendiz relojero en la casa de J. Biber. A los 22 años contrajo matrimonio con Françoise Robert, una viuda 15 años mayor que él y con dos hijos, pero de cierta fortuna; lo que le permitió instalarse por su cuenta como “établisseur”, dedicándose a ensamblar y ajustar movimientos con destino a los mercados norteamericano y belga. El negocio no prosperó, sin embargo, y tuvo que cerrar en 1851, año en el que Roskopf pasó a ocupar el puesto de director en la filial de La Chaux-de-Fonds de la firma relojera Guttman Frères, donde permaneció cinco años. En 1855, con su hijo Fritz-Edouard, el único que tuvo, y con Henri Gindraux, fundaría la sociedad Gindraux & Co. que apenas se mantendría dos años, aunque seguramente fue por esta época cuando Roskopf concibió el diseño de su reloj, con el que empezaba a dar sentido a su viejo sueño de hacer un reloj fiable y barato, cuya ejecución empezó en 1860, otra vez establecido por su cuenta, debiendo afrontar la enconada hostilidad que se levantó en su contra en La Chaux-de-Fonds (para esta ciudad igualitaria, citada por Karl Marx en “El Capital” toda ella como una “manufactura”, dedicada a la elaboración de relojes singulares y de lujo, un sistema de fabricación en masa como el que auspiciaba el reloj Roskopf era una amenaza evidente), lo que le obligó a acudir a proveedores de fuera para hacerse con los suministros que necesitaba, demorándose por ello la salida al mercado de los primeros relojes hasta 1867. El éxito fue inmediato, sobre todo en mercados exteriores. Si la primera orden de comercio dirigida a Malleray Watch Co. para adquirir los “ebauches” fue de 2.000 ejemplares, en 1870 ya era de 20.000. Pero de repente en 1873, con sesenta años recién cumplidos, al año siguiente de enviudar y casado en segundas nupcias con una “jovencita” de 38 años, cuando ya sólo le quedaba sentarse y hacerse rico, decidió dejarlo todo. Vendió su establecimiento y los derechos de marca a los hermanos Wille, asociados con Charles-Léon Schmid, lo que supuso una tragedia para su hijo, que se sintió toda su vida desposeído, retirándose a la ciudad de Berna. Ya había cumplido su misión, y por más que dijeran sus convecinos de la Chaux-des-Fonds, desde el día mismo en que se casó con Françoise, que ya llevaba en el vientre desde hacía cinco meses a Fritz-Edouard, él nunca había sido ambicioso, sólo un hombre que soñaba con inventar un reloj fiable y robusto que estuviera al alcance de todos los bolsillos. A fe que lo consiguió. Moriría en Berna el 14 de abril de 1889, a los 76 años.

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