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Dándole cuerda a max

por Lorenzo Gomís

Dándole cuerda a max

Por mi santo mis hijas me regalaron un reloj. El que tenía se atrasaba de pronto media hora. Eso sí, sin pararse. La cosa tenía la ventaja de que le regalaba a uno ese tiempo de más. Lo malo es que cuando llegaba, por ejemplo, al restaurante y me excusaba por el retraso que creía de minutos, el amigo con el que había quedado decía:

- Llama en seguida a casa.

Quería que tranquilizara a la família, pues él había telefoneado hacía más de media hora, extrañado por mi ausencia.

Llevaba el reloj al relojero y el artesano se ponía en el ojo su lente microscopio, escrutaba las profundidades del tiempo y le hacía al reloj un escáner para ver si andaba bien de la cabeza, es decir, de la pila.

- Tiene todavía pila para rato -me tranquilizaba devolviéndome el reloj. Quizá se le había metido un poco de agua, sugería.

Cada vez que lavaba las manos miraba con aprensión al reloj.

Hasta que un buen día volvía a las no andadas, por decirlo así, en el momento menos oportuno con algún retraso de escándalo. Pensé que acaso en el momento de coincidir las tres agujas en el mismo punto se habían detenido a cambiar impresiones sobre los misterios del tiempo, que profesionalmente tienen que interesarles.

Fuera como fuera, no marchaba como un reloj. De ahí surgió la idea de regalarme otro.

El nuevo es elegante, plateado. La sorpresa fue que es un reloj a cuerda. Mis hijas se habían quedado asombradas cuando el relojero les explicó que eso era lo último. Los relojes de cuerda que traía la moda eran más caros que los de pila, que un día habían parecido el no va más del progreso. Mis hijas, en su deseo de regalarme lo último, se llevaron el reloj y me lo entregaron, con las instrucciones, la garantía y la propaganda.

Relegué mi viejo reloj al banquillo de los reservas, como un futbolista cargado de lesiones. De vez en cuando le echaba al reloj nuevo una miradita de satisfacción y orgullo.

Pero a la mañana siguiente amaneció parado.

Volví a leer las instrucciones. Decían que al mover la corona hasta el tope lo hiciera con precaución, no fuera a dañar el mecanismo. Quizá mi temor era excesivo y no había llegado al tope. El mecanismo no se deslizaba, sino que daba espaciosas y resistentes vuetlas. El reloj era como una personita. Había que tralarlo con cuidado, observarlo, hacerse preguntas. ¿Habría cogido frío? ¿Le perjudicaba el sol en la hora del aperitivo? ¿Cuántas vueltas había que dar a la manecilla? ¿Mejor por la mañana o por la noche? ¿O una vez a la semana?

En la primera semana se paró cuatro veces. Tenía que ir al relojero y pedir explicaciones o incluso cambiar el reloj por uno de pilas. La garantía, comprobé, estaba debidamente sellada.

Con el reloj en la muñeca y la garantía en la mano entré en el establecimiento y expliqué el caso. El relojero me invitó a dar cuerda al reloj allí mismo. Lo hice. Me detuve cuando me pareció que el mecanismo ofrecía la resistencia indicadora de que había llegado al tope. El relojero lo tomo en sus manos y continuó dándole cuerda sin inmutarse. Me lo devolvió y me sugirió que siguiera. No, ya no era posible. Había llegado al tope.

Tenía que darle cuerda diariamente, me aconsejó, por la mañana, antes de que empezara a trabajar y mejor antes de ajustarlo a la muñeca. "Es un buen reloj", me aninó. ¿Por qué vuelve el reloj de cuerda?, pregunté.

- Es más vivo -me contestó, con un ademán conmiserativo por los relojes de pila, menos personales, menos vivos. El reloj de cuerda es un reloj de compañía, un reloj de diálogo. Se extendió en elogios del reloj de cuerda suizo. Y concluyó con gesto expresivo:

- Es romántico.

Desde aquel momento mi relación con el reloj que late como un corazón silencioso es perfectamente romántica. Lo miro, lo contemplo, incluso lo acaricio. No se para, no. Sigue vivo. Pregunté al relojero qué pasaba si le daba cuerda más de una vez al día. Me dijo que nada. Así que cuando consulto la hora, a menudo le doy un poco de cuerda, como una palmadita de ánimo.

No sé si llamarle Max, como su patrono. Max Bill (1908-1994), arquitecto, escultor, maestro, de la escuela Bahuaus, diseñó este reloj en 1962. El prospecto cuenta que hizo en 1988 unas declaraciones sobre la evolución del diseño, que veía situarse entre la promoción de ventas y la trivialidad. Lo que tiene que buscar el diseño, recordaba, es "la armonía de todas las funciones". Trataré pues de honrar al diseñador suizo y contribuir por la mañana y por la noche con recogimiento a la armonía de todas las funciones. De las suyas y de las mías. Y juntos no prepararemos para el enorme don de un día entero.

Lorezo Gomis © 2002 - lgomis@elciervo.es

Mi agradecimiento a Lorenzo Gomís, por permitir disfrutar este romántico relato que de buen seguro compartiremos más de un aficionado a esta locura.

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