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BLANCPAIN

Guardián de la tradición

BLANCPAIN
El nacimiento y rápido auge de la relojería suiza a partir de mediados del siglo XVI no se entendería sin tener en cuenta todos los cambios que se produjeron durante este periodo en el la zona por influencia de la Reforma religiosa impuesta por Juan Calvino (1509-1564), que marcó profundamente la sociedad ginebrina y llegó a influir en sus actividades productivas (en su mandato casi dictatorial, Calvino, ejerció un rígido control sobre todos los aspectos políticos, sociales y espirituales de la ciudad).

Seguramente, uno de los hechos determinantes para la implantación de la relojería en esta zona fue la prohibición, por parte de Calvino, de llevar joyas, ya que obligó a una gran cantidad de orfebres –artesanos capaces de grabar, bruñir, cincelar y engastar- a cambiar de actividad para ganarse la vida. Muchos de ellos recurrieron a la relojería.
 
 
Fachada de la manufactura de Blancpain en Le Brassus.
 

Paralelamente, la represión de los hugonotes por parte de Luís XIV provocó un éxodo de protestantes a Ginebra. Entre ellos se encontraban numerosos relojeros de alto nivel, que muy pronto iban a empezar a transmitir su saber a los orfebres ginebrinos. Así, en poco tiempo la ciudad se llenó de relojeros –llegaron a ser hasta 500- y la relojería adquirió tal prestigio e importancia, que en 1601 fue creada la primera corporación relojera del mundo.


Un siglo más tarde, sin embargo, Ginebra ya estaba saturada de relojeros; no había demanda suficiente para satisfacer una oferta tan exagerada. Por ello, muchos de ellos decidieron dejar la ciudad y dirigirse a la región de la cordillera del Jura. Parte de la producción se desplazó a las montañas y valles del este del país y, en muchas casas, se convirtió en una alternativa productiva al trabajo del campo durante los duros meses de invierno.

Relojes y animales

Así, a lo largo de la geografía helvética podían encontrarse casas de campo parcialmente dedicadas a la fabricación de piezas de relojería. Una de ellas, situada en el pueblo de Villeret, era la granja de la familia Blancpain, cuyo primer piso era utilizado como pequeño taller en los años 30 del siglo XVIII por iniciativa de Jehan-Jacques Blancpain, quien alternaba la relojería con su trabajo de maestro. Aunque seguramente ya llevase un tiempo de actividad cuando declaró su actividad, es en 1735 cuando el nombre de Blancpain aparece por primera vez en los documentos oficiales de Villeret, por lo que se considera este año el del nacimiento de la firma.

El negocio familiar empezó a prosperar, y pronto salieron del taller los primeros relojes de bolsillo elaborados íntegramente por Jehan-Jacques Blancpain. Con los años, y ante las buenas perspectivas de la compañía, la propia sucesión se convirtió en la principal preocupación de Jehan-Jacques, pues su hijo Isaac, quien ocasionalmente le ayudaba en el taller, prefería continuar con su trabajo como maestro de escuela (heredado también de su padre), mientras que la empresa requería dedicación completa. Así pues, fue el hijo de Isaac, David-Louis, nacido en 1765, quien finalmente se hizo cargo de la misma.
 
 
 
Jehan-Jacques Blancpain, fundador de la marca.
 

David-Louis había entrado a trabajar en la compañía a finales de siglo, encargado de vender los relojes en los países fronterizos. En cuanto tenía algunos ejemplares listos, David-Louis se desplazaba más allá de la frontera para entregarlos. Aquellos eran buenos tiempos para la Villeret y su región, gracias a la combinación de varias actividades como la agricultura, la cría de caballos, los oficios artesanales y la relojería. Blancpain no era ajena a esta situación favorable, y extendió la venta de sus relojes a través del continente.

Sin embargo, la Revolución Francesa y posterior anexión de Suiza por parte de Francia en 1798 supuso un freno para la marcha de la compañía –y del desarrollo de la zona en general-, pues muchos de los jóvenes tuvieron que alistarse. Sin embargo, en ningún momento Blancpain dejó de producir relojes, y a su vuelta de las Guerras Napoleónicas en 1815,  Frédéric-Louis Blancpain, hijo mayor de David-Louis, impulsó una renovación de la firma para que pudiera hacer frente a una mayor demanda. Con la introducción de nuevas herramientas y la realización de sus propios movimientos base (entre los que cabe destacar la introducción de los calibres planos para sus relojes Lépine), Blancpain ponía las bases para convertirse en uno de los nombres fundamentales de la historia de la relojería suiza durante los siguientes siglos.

En 1830, Frédéric-Louis, cuya salud había quedado muy debilitada a causa del conflicto bélico, pasó el relevo de la empresa su hijo Frédéric-Emile, de sólo 19 años. Fue entonces cuando ésta pasó a denominarse “E. Blancpain” (Frédéric utilizaba su segundo nombre para evitar confusiones con su padre).

Frédéric-Emile fue una figura importante en el desarrollo de Blancpain; además de impulsar su transformación –sobre todo, introduciendo un sistema moderno de producción en cadena que implicaba una mayor especialización de los artesanos- también participó activamente en la renovación técnica de la casa, por ejemplo, como introductor del escape de áncora, sistema usado, aún hoy, en la mayoría de relojes mecánicos. Después de la muerte de Frédéric-Emile en 1857, sus hijos Jules-Emile, Nestor y Paul-Alcide pasaron a ser socios de la compañía, que se transformó “E. Blancpain et fils”.
 
Tiempo de cambios

Era tiempo de cambios en la relojería suiza, la cual, aunque seguía produciéndose mayoritariamente en las granjas de la zona, empezaba a experimentar un incipiente proceso de industrialización, y el aumento de la competencia y la consecuente caída de los precios hacían presagiar una revolución en el sector, que vio como en pocos años desaparecía la mayor parte de las manufacturas relojeras de Villeret. Si Blancpain pudo sobrevivir a la criba fue gracias a la acertada decisión de Jules-Emile de especializarse en relojes de alta gama con escape de áncora.

Para consolidar su posición, a finales de siglo Jules-Emile y su hijo Frédéric-Emile impulsaron la construcción de una nueva fábrica en la riba del río Suze, dotada de un generador hidráulico que proveía de energía a los talleres y a sus máquinas.
Así, con la llegada del nuevo siglo Blancpain estaba preparada para asumir los retos de una manufactura moderna. Poco antes de la Primera Guerra Mundial, la marca incorporó a su producción el reloj de pulsera, que había de marcar el futuro de la relojería, y en 1931 lanzó el primero de sus modelos icónicos, el reloj automático Rolls, fabricado bajo licencia para Léon Hatot, un célebre joyero e inventor francés de la Rue Royale de París, y dotado de un revolucionario mecanismo rectangular que se deslizaba 3 mm por el interior de la caja para cargarse. En 1926, sin embargo, la firma ya había participado en un importante episodio de la historia relojera al fabricar por encargo el primer reloj automático de pulsera, patentado por el relojero de la Isla de Man John Harwood.

Pero en 1932 Frédéric-Emile Blancpain moría inesperadamente, y su hija Berthe-Nellie no se sintió en condiciones de hacerse cargo de la empresa, por lo que pidió a la asistenta de mayor confianza de  Frédéric-Emile, Betty Fietcher, que se hiciera cargo de la empresa, que también incorporó a André Léal como socio. De este modo se rompía una saga familiar de más de siete generaciones en Blancpain al frente de la empresa. Ello propició que los nuevos propietarios se vieran legalmente obligados a cambiar el nombre de la misma, que pasó a denominarse “Rayville Ltd. Successors to Blancpain” (siendo “Rayville” un anagrama fonético de “Villeret”).

Los primeros años de Fietcher en la dirección de Blancpain no fueron nada fáciles, con el mundo sumido bajo los efectos de la Gran Depresión. Durante este periodo, la marca consiguió sobrevivir en gran parte gracias al esfuerzo de André Léal para introducirse en el mercado americano. Además, la manufactura tuvo que convertirse en proveedora de movimientos para varias marcas relojeras de prestigio del otro lado del Atlántico.

El esfuerzo, sin embargo, valió la pena, y en los años 50 Blancpain se había convertido en una de las firmas más valoradas de la relojería suiza, y estaba preparada para crear algunas de sus piezas más importantes.

Así, en 1953 nacía un modelo que, bajo múltiples formas y versiones, ha llegado hasta nuestros días, y que es sin duda uno de los buques insignia de la marca: el reloj submarino automático Fifty Fathoms (nombre que hace referencia a sus 50 pies -91,44 m- de resistencia al agua). La historia de este modelo se había iniciado un año antes, cuando dos oficiales de la Marina francesa, Robert Maloubier y Claude Riffaud, se dirigieron a la firma para proponerle la producción de un reloj submarino según sus especificaciones técnicas (antes lo habían hecho con la prestigiosa marca francesa LIP, que rechazó el proyecto pero que paradójicamente acabaría distribuyendo el reloj en Francia). El Fifty-Fathoms obtuvo una gran repercusión cuando Jacques-Yves Costeau y su tripulación lo usaron durante el rodaje del documental “El mundo del silencio”. Tres años después del Fifty Fathoms, la marca repitió éxito con el modelo femenino Ladybird, cuyo movimiento mecánico era el más pequeño del momento.
El modelo Fifty Fathoms (original de 1953) ha llegado a nuestros días en múltiples versiones. Ésta es de 2009, y su hermeticidad es diez veces mayor que la del primer modelo.


El crecimiento de la compañía bajo la dirección de Betty Fietcher –y con la ayuda, desde 1950, de su sobrino Jean-Jacques Fietcher- fue espectacular, con una producción de varios miles de relojes anuales, a pesar de utilizar exclusivamente métodos tradicionales. Sin embargo, la necesidad de conseguir mayores recursos económicos para poder hacer frente a la creciente demanda hizo recomendable el ingreso a un holding relojero que sirviera de paraguas. Así, en 1961 Rayville-Blancpain se integraba a la Societé Suisse pour l’Industrie Horlogère (SSIH), formada por marcas del prestigio de Omega, Tissot y Lemania. Cuando Jean-Jacques tomó el mando de la compañía en 1971, por la muerte de Betty Fietcher, Rayville-Blancpain se había convertido en uno de los baluartes del grupo y contaba con una producción superior a los 200.000 piezas anuales.

Crisis y reactivación

Sin embargo, se acercaban tiempos difíciles para Blancpain, y para la relojería suiza en general. A un contexto de importante recesión económica se sumó el auge de los relojes de cuarzo, más baratos y precisos, y de los modelos digitales, que revolucionaron el concepto de reloj en todos los aspectos. Ello hizo que las marcas japonesas se hicieran en pocos años con la mayor parte del mercado, mientras la relojería suiza veía desaparecer a muchas de sus marcas. La SSIH no fue ajena a esta a la debacle general, y su producción cayó significativamente durante la parte central de la década, hasta el punto de que el grupo relojero se vio abocado al borde de la quiebra. La consecuencia inmediata de esta situación fue un relievo en la cúpula directiva de la compañía.

En cuanto a Rayville-Blancpaine, fue desapareciendo paulatinamente del mapa. Sin llegar a desaparecer, dejó de lanzar nuevos modelos y entró en estado de letargo, a la espera de que la Alta Relojería saliera de su particular invierno.
La situación desesperada del grupo SSIH requería decisiones drásticas, y ante la imposibilidad de alcanzar unas ventas que garantizaran la viabilidad de la compañía, la nueva dirección optó por la venta de patrimonio. Y, obviamente, el sello “Blancpain” era uno de los activos de más valor, por lo que decidieron vender la marca en 1983.

Por fortuna, los nuevos propietarios no eran simplemente dos hombres de negocios, sino también dos personas conocedoras del valor de la marca y comprometidas con la relojería tradicional. Jean-Claude Biver y Jacques Piguet, además, contaban con una basta experiencia en el sector (Piguet en el campo de las manufacturas y Biver, que  había sido vicepresidente de Omega, en el ámbito del marketing y distribución internacional).

Así, en 1983 Blancpain renacía de sus cenizas con un nuevo modelo diseñado y fabricado en las nuevas instalaciones de la firma en la población de Le-Brassus, en el Vallee de Joux (Omega se había quedado con la manufactura de la firma en Villeret): un reloj con día, fecha, mes y fase lunar. Esta primera pieza ya indicaba el camino emprendido por la marca: máximo respeto a la tradición y al espíritu con el que Jehan-Jacques Blancpain y sus descendientes la habían hecho crecer, y un producto destinado, antes que nada, a un público de connoisseurs, capaz de apreciar el nivel técnico y artístico de los relojes y sus movimientos.
 
Vista de la manufactura de Blancpain en Le Brassus.
 
Biver y Piguet establecieron los valores esenciales que deben definir a la marca ahora y en el futuro, y que se centraban principalmente en su carácter histórico y patrimonial, en su respeto por la propia tradición y en la voluntad de convertirse en un referente en la fabricación de relojes creados y montados a mano, de la pieza redonda, y del arte aplicado a la relojería.

En esta línea, Blancpain emprendió la creación de seis modelos que correspondían a las seis tipologías de reloj que daban acceso a la categoría de maestro relojero: el reloj ultraplano, el calendario simple de fases lunares, el cronógrafo con ratrapante, el calendario perpetuo, el tourbillon y la repetición de minutos. Blancpain fue la primera marca en ofrecerlos a todos simultáneamente en 1991, en cajas idénticas. Además, la marca reunió a todas estas complicaciones en la que seguramente es la pieza que más simboliza la resurrección de Blancpain, significativamente llamada 1735. Presentada el día de San Nicolás de 1991, esta creación, cuyo movimiento automático ultraplano incluía hasta 740 componentes, requirió hasta seis años de desarrollo para hacer funcionar armónicamente todas sus complicaciones: cronógrafo con ratrapante, calendario perpetuo, repetición de minutos y tourbillon.
 
El Blancpain 1795 (1991) representaba un compendio de la Alta relojería, pues incorporaba las seis complicaciones que daban acceso a la categoría de Maestro relojero.
 

Llegados a este punto, en 1992 Jean-Claude Biver y Jacques Piguet decidieron vender la marca para que pudiera acabar de desarrollarse bajo el amparo de un gran grupo relojero como Swatch Group. Sin embargo, Biver siguió siendo el director gerente de Blancpain y conservó su puesto en el comité directivo de Swatch hasta 2003.


Desde su reactivación, cada nueva creación de Blancpain ha servido para aportar algo nuevo a la relojería. En 1993, la firma celebró el 300º aniversario del nacimiento de su fundador con el reloj 7001; en 1996, se convirtió en la primera marca en proponer un cronógrafo Flyback femenino, siguiendo en la línea de introducción de las grandes complicaciones a los relojes femeninos (que había iniciado en 1984 con el lanzamiento de un reloj con fase lunar, y continuado en 1987, con un repetición de minutos); en 1998 nacía el 2125, único tourbillon automático con una reserva de marcha de ocho días.
Durante la última década, la firma ha continuado en esta línea, con creaciones como el nuevo Fifty-Fathoms (hermético hasta 300 metros); el Calibre 13RO, de 2007, dotado de un volante de titanio y tres barriletes que garantizan una reserva de 8 días con una marcha más homogénea que la mayoría de relojes de este tipo; o el primer Carrousel Volant de un minuto, lanzado un año después.

Con casi tres siglos de historia a sus espaldas, Blancpain se ha convertido de nuevo en un referente de la Alta Relojería, y es una de las pocas marcas históricas que pueden afirmar con orgullo que no han fabricado nunca un reloj de cuarzo, y que nunca lo harán.






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