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Un obstinado genial: John Harrison

por Manolo Ramón ©

Un obstinado genial: John Harrison

Quiero recordar también a John Harrison (1693-1776), ejemplo preclaro de la tenacidad y genialidad británicas. Aunque autodidacta y de origen humilde, no fue, ni mucho menos, un hombre tosco ni mal educado; se dice que fue carpintero antes que relojero, pero esto habría que matizarlo. Carpintero lo fue su padre, él fue un relojero genial: a los 20 años (en 1713) construyó su primer reloj de pared, cuyo mecanismo era enteramente de madera, no porque no pudiera haberlo hecho con materiales más convencionales, sino para sortear el escollo de la lubricación, muy deficiente en la época. Diez o doce años después inventó un péndulo de parrilla alternando varillas de acero y de latón, para compensar las diferencias de temperatura. Su primer prototipo para resolver el problema de la longitud (el H1) fue un armatoste de madera [1] pero se trataba de un reloj, con dos volantes de balancín interconectados para contrarrestar los efectos del oleaje en el mar.

Para las potencias marítimas del siglo XVIII era crucial resolver el llamado “problema de la longitud” (magníficamente recreado por la escritora norteamericana Dava Sobel en su libro “Longitud”), puesto que de ello dependía la seguridad de la navegación, en un momento en el que eran muchas las vidas y muchos los bienes que comprometía, dada la intensidad que el tráfico marítimo había alcanzado.

En el caso inglés el detonante fue el naufragio en 1707 de la flota mandada por el almirante Shovell que a causa de un fatal error en el cálculo de su posición se precipitó contra los escarpados acantilados de las islas Scilly, en una jornada de intensa niebla. Murieron casi dos mil hombres. Poco después, en 1714, el Parlamento Británico instituiría el premio de 20.000 libras –dos millones de euros de los de ahora- para quien resolviese el problema, con el que ni el eminente Newton ni el astrónomo Halley habían podido. Había además un segundo y un tercer premio, de 15.000 y 10.000 libras respectivamente, que nunca se concedieron, aún cuando postuló a ellos nada menos que el maestro relojero Thomas Mudge (1715-1794), inventor del escape de áncora, y al que en justicia debieron concederle el segundo.

Se ignora como Harrison, que vivía a 360 kilómetros de Londres, se enteró de la existencia del premio, que se convertiría en la obsesión y la obra de su vida. Empezó a trabajar en ello en 1730, a los 37 años, y presentó el último prototipo (el  H5)  cuando tenía 77 (el H4 lo había presentado a los 68). Era un hombre muy inteligente, extraordinariamente hábil y riguroso en el trabajo; él mismo se embarcó en 1736 para testar el H1 en un viaje a Lisboa. Durante la ida el mar estuvo muy picado, y el reloj no anduvo fino; pero la vuelta, con mar calma, fue otra cosa;  tanto que al aproximarse a las costas inglesas, después de 4 semanas de viaje, Harrison se atrevió a contradecir al Capitán sobre la posición del barco. Éste, con sus cálculos astronómicos, determinó que se hallaban en Starpoint, mientas que Harrison, apoyándose en su reloj, sostenía que estaban todavía a sesenta millas marinas al Oeste de ese lugar, en aguas peligrosas. En el último momento el Capitán cedió a las observaciones de Harrison y cambió el rumbo, salvándose todos de un naufragio seguro.

A la vuelta de este viaje la Comisión de la Longitud le recompensó con 500 libras, emplazándole para ensayar el H1 en una travesía transoceánica, pero Harrison rechazó la propuesta porque no estaba del todo satisfecho con el prototipo. En 1741 ya tenía listo el H2, pero nunca será contrastado en el mar a causa de la Guerra de Sucesión  austriaca (1740-1748), ya que de ninguna manera los británicos iban a arriesgarse a que el “cronómetro” cayese en manos de sus potencias enemigas Francia y España, aparte de que Harrison se dio cuenta de que había errores en el diseño de los volantes, convenciéndose de que el sistema de balancines era insostenible. En cuanto al H3, con importantes innovaciones respecto de los anteriores, entre ellas un sistema de rodamiento bolas, antecedente de los actuales, trabajó en él durante cinco años, con la ayuda de otras 500 libras que le había dado el Comité de la Longitud, a la espera de que terminase la guerra, pero lo abandonó  al no lograr un rendimiento satisfactorio, después de realizar varias pruebas y correcciones, asumiendo que ese tipo de reloj era demasiado aparatoso, incluso para llevar en un barco; lo que le conduciría a  cambiar radicalmente su concepción hacia lo que iba a ser su diseño definitivo, el H4, en cuya construcción empleó 13 años. Era parecido a un reloj de bolsillo de la época, pero mucho más grande (13 centímetros de diámetro y 1,45 Kg. de peso), el escape era de paletas, el caracol estaba dotado de un muelle auxiliar para evitar la parada del reloj durante la función de remontaje, y la fuerza que recibía el escape era constante gracias a un muelle secundario que era armado cada 7,5 segundos por el muelle real (remontuar de igualdad o de fuerza constante).

El problema de los prototipos de Harrison  radicaba en ser obras excepcionales, fruto de la ingeniosidad peculiar de un hombre, poco aptas para la fabricación o manufactura, motivo de la resistencia de la Comisión de la  Longitud a darle el premio y de que ninguno tuviera continuidad. Sin embargo la idea de que la mejor solución al problema de la longitud era un reloj fiable (frente a los que sostenían la vía de los cálculos astronómicos, complicados y falibles, en particular el que se basaba en las posiciones de la luna, auspiciado por el astrónomo real Nevil Maskelyne, el villano de esta historia), permaneció hasta nuestros días, en que la navegación por satélite ha tomado el relevo. También se mantiene su sistema de compensación térmica por combinación de dos láminas de metal de distinto coeficiente térmico, que incorporaron el H3 y el H4, y es utilizado en los termostatos y en los intermitentes de los automóviles.

Los cuatro guarda-tiempos que Harrison entregó al Comité de la Longitud pueden admirarse en la Mansión Flamsteed (Flamsteed House)  del Real Observatorio de Grenwich (Royal Observatory Greenwich), todos en condiciones de marcha. La recuperación-salvación de los prototipos la debemos a otro obsesivo genial, el Capitán de Corbeta Rupert Thomas Gould que en 1920, mientras investigaba para la redacción de su gran obra "El cronómetro de marina, su historia y desarrollo", los descubrió abandonados en los almacenes del Real Observatorio. Solicitó y obtuvo permiso para restaurarlos y dedicó a ello el resto de su vida.

El H5 se conserva en el Museo de la "Excelentísima Cofradía de Relojeros de Londres" (The Worshipful Company of Clockmakers of London), situado en la “Clock Room” de la célebre Biblioteca Guildhall, muy cerca de la Catedral de San Pablo,donde también puede admirarse   un ejemplar del reloj de pulsera "Millennium" del Dr. George Daniels, que lleva el escape co-axial de su invención, y un ultraplano Patek Phillipe, que asimismo incorpora este escape.

  



[1] En realidad el H1 es una ingeniosa máquina de elegante construcción, según he podido comprobar. No es voluminosa, antes al contrario, similar en tamaño a una vieja máquina de escribir o algo inferior. Las platinas son de latón y sólo es de madera el rodaje, de muy sutil factura, con maestría de modelo de fundición ( Nota añadida el 18-03-2007).

 

El H1

El H2

El H3

El H4

El H5

El Capitán de Corbeta R. Thomas Gould con el H3, y uno de los volantes

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