Escape de rueda catalina: En España, que fue tierra de santos, no podría llamarse de otra forma este escape que propiamente es un escape de varilla o de paletas, cuya rueda, de dientes rochete puntiagudos, perpendiculares y oblícuos a su perímetro, recuerda la que se utilizó en el martirio de Santa Catalina de Alejandría hacia el año 310. La santa resistió no obstante el martirio y finalmente fue decapitada por orden del emperador Magencio. Su invención se atribuye al monje Gerberto de Aurillac, que sería papa con el nombre de Silvestre II, muerto en 1003; pero no se conservan relojes mecánicos tan antiguos. El de la catedral de Salísbury –el más antiguo de los que han llegado hasta nosotros- data de 1386, el de Ruan de 1389 y el de Wells, ahora en el museo de Ciencias de Londres, de 1392; por lo que se piensa que los primeros relojes mecánicos aparecerían hacia 1300 o un poco antes.
Aunque es un escape de retroceso, de bajo rendimiento mecánico y poco preciso, no requiere engrase en los contactos entre los dientes de la rueda y las paletas y, con la sustitución del foliot por el volante, pudo adaptarse para construir relojes portativos (de bolsillo o faltriquera), apareciendo los primeros hacia 1500. En los relojes de torre y de pared se mantuvo sin alternativa hasta la aparición del escape de áncora de retroceso, aunque se resistiría a desaparecer. Su principio de funcionamiento se indica en la ilustración inferior.
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